El otoño, tiempo de arar

“El perezoso no labra la tierra en otoño; en tiempo de cosecha buscará y no hallará” (Proverbios 20:4)

Inmersos en plena estación de otoño, disfrutamos de una de las estaciones más desafiantes ya que, tras el verano, atrás queda el tiempo de las últimas cosechas y toca disponerse para la próxima. El otoño, sugiere la necesidad de prepararnos para el futuro dado que, de no hacerlo, la tierra quedará inservible para una nueva temporada o, lo que es lo mismo, una nueva cosecha.

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El otoño es tiempo de labranza. Es una de las tareas fundamentales que preceden a la siembra. Es necesario que la labranza sea preparada por los arados, abriendo surcos para ablandar el terreno, facilitar la penetración el agua y de los nutrientes y, por supuesto, para que el campo pueda tragar la semilla que la hará germinar. Arar es un trabajo intenso y poco atractivo por razón de no producir resultados a corto plazo. Por tanto, quien labra en otoño es porque tiene esperanza y una visión con propósito en lo que hace.

Lo contrario a quien tiene esperanza es el que es flojo en el tiempo de preparación. Éste, vive de la renta de las cosechas pasadas y decide negarse al esfuerzo, será improductivo y dormitará consumiendo la herencia recibida.

Sobre el otoño, también nos habla Jesús, al relacionar la labor de arar al
compromiso con seguirle y servirle: “Ninguno que poniendo su mano en el
arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62)

El Señor nos quiere enseñar no mirar atrás para hacer surcos derechos y para el arado penetre en la tierra. Pero, ¿por qué mirar atrás? ¿Cuál es el origen de ese impulso negado al progreso? Si tenemos en cuenta el contexto del relato, el que mira atrás, es porque quiere un lugar cómodo donde recostar la cabeza y, al mismo tiempo, añora el hogar familiar que, sin esfuerzo, le ofrece la garantía del sustento. Pero el discípulo de Jesús trabaja la tierra en otoño
con mano consistente, determinados en la meta y sabiendo que entramos en la labor de una cosecha futura, lo cual, implica trabajar en fe para lo que deseamos cosechar.
En Sendero de la Cruz, nuestra comunidad entra en uno de tantos otoños que nos ha tocado vivir en distintas etapas. Estamos en un tiempo de preparación para que podamos ver resultado en la siembra. Al igual que en la tierra de Palestina, se requiere que echemos mano con determinación en un momento en el que se hace necesario trabajar por el futuro de nuestra Iglesia.
No podemos vivir de las rentas del pasado, debemos creer a Dios para una  nueva cosecha. Así que, quiero animaros a que todos nos comprometamos en este otoño para arar con ahínco por nuestro futuro. Es posible que la tierra sea dura, pero la hoja del arado es fuerte para quebrar la tierra y renovarla para hacerla productiva. No dejemos que el desgaste ante el esfuerzo otoñal, nos haga volver la mirada hacia momentos más cómodos o de abundancia.
Recuerda que la añoranza es enemiga del futuro y nos debilitará en la tarea del
servicio para forjar una nueva historia.

Una vez más, os recuerdo que hemos declarado el 2015 como año de Nuevos
Comienzos. Así que echemos mano del arado y sirvamos con esperanza
siguiendo el consejo del apóstol Pablo:

“porque con esperanza debe arar el
que ara” (1Corintios 9:10). Son tiempos decisivos en los que se requiere que
cada cual tome firme su compromiso con su labranza o área de servicio.
Estoy seguro que afrontamos este otoño con ganas, Dios nos sorprenderá.

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