Sendero de la Cruz

img_116811-b4266497d82fb2d65c16148088912762-1024-1024

Cuando terminan la fe y la esperanza…

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. (1ª Corintios 13:13).

Llamamos virtudes teologales a estos tres atributos, pues son las necesarias para mantener una relación correcta con Dios.

Precisamos de la fe para acercarnos a Dios. Reconociendo su existencia, su carácter, manifestado en la hermosura de la creación, y su acercamiento al hombre a través de Jesús, con la intención de reconciliarnos con Él, redimiéndonos de nuestras culpas, a través del sacrificio de Jesús. Necesitamos de la fe para oír la Palabra de Dios, para creerla y obedecerla, para establecerla como nuestra hoja de ruta, nuestro manual de vida. La fe es vital, necesaria en todos los ámbitos de nuestras vidas.

Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. (Romanos 1:17).

La fe mantiene una lucha encarnizada con las dudas, los temores, contra nuestros deseos de hacer nuestra voluntad, de establecer nuestras propias reglas. Va más allá de la razón, lucha contra ella. La fe ve puertas abiertas donde las circunstancias solo nos muestran obstáculos.

…porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. (Mateo 17:20).

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (Hebreos 11:1).

Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. (Hebreos 11:6).

La fe se materializa en la esperanza, que no es sino la convicción de aquello que esperamos alcanzar, la seguridad de que llegaremos al puerto deseado, de que Dios pondrá los medios necesarios para que, aunque la singladura no sea fácil, aunque suframos tormentas y aun algún naufragio, crucemos la meta ansiada, que no es otra que Jesús.

La esperanza es uno de los combustibles de la vida, es difícil marchar cuando no la hay, el camino se vuelve oscuro y triste.

La esperanza se debe de poner en pilares seguros y fiables, hay esperanzas falsas y equivocadas, que solos nos conducen al fracaso. ¡Jesús ha de ser nuestra esperanza!.

Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo…  que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. (Colosenses 1:23 y 27).

Ahora bien hay algo que diferencia a estás tres virtudes. La fe y la esperanza son perecederas, se terminarán, no serán necesarias a partir del momento de nuestra reunión eterna con Jesús. No será precisa la fe, pues veremos su gloria con nuestros propios ojos, ni la esperanza, pues habremos alcanzado aquello que esperábamos alcanzar.

Pero la Escritura nos dice que el amor nunca dejará de ser. (1ª Corintios 1:8).

El Dios eterno es amor, y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos. El mismo amor que mostró en la creación, que nos mostró en modo sublime al enviar a su hijo, que nos depara día a día, permanecerá inalterable para siempre. El amor marcará nuestra eterna relación Él.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16).

Estamos aquí porque Dios nos amó y nos ama, lo creemos por la fe y esto alimenta nuestra esperanza de vida eterna, un día se acabarán la fe y la esperanza, más el amor permanecerá.

Juan F. Rodríguez Mimbrero