Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. (Lucas 2:7).
Aquel año, como los anteriores, en el colegio decidieron representar un Belén Viviente, en realidad desde mucho tiempo atrás siempre fue así. Se pusieron a la tarea, trabajaron los decorados, recopilaron objetos que creyeron apropiados, y también hicieron el consabido reparto de papeles. Aquella chica tan guapa, María, un apuesto joven, José, pastores, ángeles, reyes, lavanderas y tantos más. Al final del reparto quedó un último papel, necesitaban un mesonero, y aquel chico algo gordo, tímido, quizás poco agraciado y despreciado por muchos de sus compañeros, quedó inevitablemente asignado a ese personaje. Vino el día de la función, todo marchaba según lo previsto para deleite de profesores y familiares, y entonces ocurrió.
Cuando José y María llegaron a la puerta del mesón y llamaron, el mesonero abrió. -¿Qué desean? -Buenas noches, venimos buscando posada, ¿habría un lugar para mi esposa y para mí? -Pues no, está todo lleno. -Por favor, hemos hecho un largo viaje y estamos muy cansados. -He dicho que no hay lugar. -Mi esposa está en estado muy avanzado de gestación y necesitamos que nos facilite un lugar.
El niño, gordito y para algunos tontorrón, comenzó a balbucear, le tocaba decir aquello del establo, lo de siempre, pero miró a la pareja de viajeros, sintió su cansancio, contempló el vientre simulado de la doncella y titubeó.
-Bueno quedaros en el …no, en el establo, no…¡pasad y quedaros en mi habitación!.
Hubo un murmullo, algunas risas contenidas, alguna lagrima, imposible continuar, en un momento la historia cambió.
Vivimos una nueva navidad, un recuerdo para algunos del más maravilloso de los reencuentros.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… (Juan 1:14)
Y digo para algunos, porque muchos han olvidado el porqué de estas fiestas, se alegran sin saber de qué se alegran. Vivimos en la época del “sin”. Tomamos café sin cafeína, dulces sin azúcar, comidas sin calorías, y en el colmo de los colmos vivimos la navidad sin Jesús.
Vivimos en la más terrible de las ignorancias, la de creer que podemos poner a Dios al margen, que somos los dueños de nuestro mesón, y a Jesús le corresponde el lugar que nosotros le queramos asignar, el establo, el pesebre de los animales, y bastante favor le hacemos con esto, cuando esto es el origen de nuestras desgracias, que nada somos sin Él, que Él debe ocupar el lugar principal de nuestras vidas.
La navidad nos viene a recordar que Dios llama a nuestras puertas, que quiere habitar en nuestros corazones. Que Él y solo Él puede dar sentido a nuestras vidas, dar respuestas a nuestros interrogantes, sanar nuestras vidas y darnos salvación. Librarnos del temor que nos atenaza.
Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. (Lucas 2:10-11)
Dios llama a cada ser humano, a ti te llama en estos momentos. ¿Qué harás, le dejaras fuera de tu vida, le pondrás en un lugar secundario, o le darás tu corazón?
Juan Rodríguez Mimbrero