Sendero de la Cruz

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Deslizarse lentamente

En alguna zona de Melilla tenemos acantilados. No es que sean espectaculares, pero sí que uno siente un cosquilleo cada vez que se acerca al borde permitido. La semana pasada salió en el periódico la noticia de que un par de personas aparcaron el coche en una zona de altura para observar desde allí el maravilloso paisaje de la playa en el atardecer. La tarde comenzó a caer, y poco a poco, sin ellos percibirlo, su coche comenzó a deslizarse lentamente ladera abajo.

La conversación era amena, su compañía era agradable, el paisaje era inmejorable, por lo tanto, ninguno estaba observando el movimiento del vehículo. Finalmente colisionaron en el guardarraíl al final de la ladera. Tardaron casi un día entero en retirar el coche de ese lugar, ya que había quedado casi de pie por lo empinado del terreno.

¿Porqué comentar este suceso? Muy sencillo. No sé si os ha pasado, pero creo que todos podríamos sentirnos identificados con los sucesos acontecidos a estas personas. Nuestro enfoque se centra en un punto de placer y disfrute, y aunque a nuestro alrededor tengamos necesidades que requieren de nuestro cuidado y atención, nos deslizamos lentamente hacia un abandono.

Alguno podría pensar: “a mi nunca me ha pasado nada semejante”, y para ellos me gustaría poner algún ejemplo que pudiera resultar más cercano. Por ejemplo, encontramos en nuestro trabajo o amistades nuestra fuente de satisfacción o disfrute. Cuando estamos en estos contextos, nuestra percepción de lo demás se diluye. Resulta muy sencillo descuidar las relaciones familiares, el afecto matrimonial, o la dedicación hacia los hijos. Centrados en algún punto determinado, hay aspectos muy importantes de nuestra vida que quedan al descubierto, resultando en pérdida de interés y ausencia de involucración. Nos hemos permitido el lujo de deslizarnos lentamente hacia el desapego emocional de gente que requiere de nuestra atención y cuidado.

Si observamos nuestra situación actual con detenimiento, realizando una evaluación de los focos de atención que tenemos actualmente absorbiendo nuestro tiempo y fuerzas, probablemente encontremos que debemos realizar modificaciones decisivas y desafiantes. Inicialmente podría parecernos demasiada envergadura para afrontarlo solos, y probablemente esto sea correcto. Pero no estamos solos, bajo ninguna circunstancia.
Jesús dijo: Venid a mi todos los que estáis agobiados. Si realizar cambios en nuestra vida nos genera ansias y estrés, podemos acudir a Él de manera confiada. No debemos esperar a deslizarnos hasta el final de la ladera para reconocer que necesitamos su ayuda. En el día de hoy, en cualquier situación, podemos acudir a Él confiadamente.

Jesús puede ayudarnos a solucionar las situaciones complicadas que nos rodean, sean familiares, laborales o de la índole que pudieran ser. No hay nada imposible para Él. Él siente una gran compasión y ternura cuando acudimos a Él pidiendo su socorro.

Si nos hemos permitido el lujo de deslizarnos lentamente por la ladera, no te preocupes, no está todo perdido, porque la ayuda que Jesús nos ofrece es mucho más poderosa que cualquier inercia en la que estamos abandonados.

Yanina de Lorenzo