Sendero de la Cruz

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LA GLORIA DE LA UNIDAD

No hay versículo que hable mejor de la importancia de la unidad que este: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno”. (Juan 17:22).

La unidad no es un bien solo deseable sino necesario, realmente vital, en el devenir de la iglesia, indispensable. La unidad es la que nos lleva al camino de la madurez, la que nos hace participar de la plenitud de los propósitos de Dios.

“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. (Efesios 4:13-16).

La unidad es un deseo de Dios para nosotros. Jesús oró por la unidad

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”. (Juan 17:21-23).

La unidad es un testimonio al mundo de nuestra fe. Para que el mundo crea…para que el mundo conozca…

La unidad abre una puerta al derramamiento del Espíritu Santo en nuestras vidas. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos… (Hechos 2:1)

La unidad transforma a la iglesia en un blanco de la bendición de Dios.

¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es
Habitar los hermanos juntos en armonía!

Es como el buen óleo sobre la cabeza,
El cual desciende sobre la barba,
La barba de Aarón,
Y baja hasta el borde de sus vestiduras;

Como el rocío de Hermón,
Que desciende sobre los montes de Sion;
Porque allí envía Jehová bendición,
Y vida eterna. (Salmo 133).

Ahora bien, yo no os estoy hablando de un espíritu de unidad, fruto de nuestras coincidencias, de la afinidad que podamos tener los unos con los otros. La historia nos ha enseñado en innumerables ocasiones que hubo uniones entre colectivos humanos que dieron como resultado las mayores de las tragedias. No hablo de estar juntos de forma artificial, fruto del consenso, que no es otra cosa que desechar principios a fin de coincidir en un punto intermedio, lo que hoy en día llamamos tolerancia.

Os hablo de unidad del Espíritu, la que surge del encuentro común a los pies de la cruz. La unidad que solo se puede dar entre nuevas criaturas, nacidas de nuevo, rescatadas de nuestra maldad y santificadas en Cristo. Unidad que nace del “ya no vivo yo, vive Cristo en mi”, que Pablo proclamaba en Gálatas 2:20.

Somos llamados a luchar y preservar por la unidad.

Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. (Efesios 4:3).

Atentar contra la unidad es tratar de sabotear los planes de Dios.

Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. (Filipenses 2:1-2).

Hablar de la unidad es hablar de Dios, de la perfecta unión entre el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

Juan Francisco Rodríguez Mimbrero